martes

Donde la pampa manda

En su novela La tierra del fuego, Sylvia Iparraguirre, que es de Junín,  despliega su relato sobre  dos o tres extremos: la Tierra del Fuego, en el sur más sur imposible;  la pampa nuestra, ya no tan al sur, y Londres, todos en el S. XIX.  Esta novela  varias veces premiada y reconocida  fue publicada a fines de los 90.  No tengo ganas de extenderme sobre ella,  sobre la que  muchos y mucho ya se ha hablado siendo de no reciente publicación.  De lo que tengo ganas ahora es de reproducir su vista, su mirada,  sus definiciones y percepciones sobre la pampa de la provincia de Buenos Aires de donde yo también vengo,  y desde donde muchas veces hablo, recuerdo, siento y pienso, reconociéndome en lo que la autora dice en  los fragmentos que siguen.
El que cuenta y  vive hacia 1865  en medio de esta llanura es el protagonista,  John William Guevara, que así la ve y la nombra:

"Hoy, en medio de esta nada, sucedió un hecho extraordinario. Tan de tarde en tarde la llanura rompe su monotonía interminable que cuando el punto vacilante en el horizonte creció y fue un jinete, y cuando pudo deducirse que su dirección era la de estas pobres casas, ya la impaciencia nos mandaba esperarlo. Si es que puede llamarse impaciencia el mirar silencioso y obstinado clavado en el horizonte. Cierto que era un hecho inusual, pero su verdadera dimensión, la dimensión que horas después cobraría para mí, no podía siquiera sospecharla cuando desde mi casa, apartada una legua de las otras, lo veía venir, recto, hacia nosotros. Digo nosotros pensando en el puñado de vecinos dispersos que forma lo que llamamos el caserío de Lobos".





"Son las dos de la madrugada. Graciana duerme en el catre.  Repongo el cabo de vela para poder continuar. El viento ha cesado y la noche, serena y universal, se adueña de todo. La pampa, que  miro a la luz de la luna desde mi ventana, es una inmensidad que provoca primero una nada  y más tarde un sosegado pavor. Salvo los bárbaros  y algunos gauchos nadie se aventura en ese silencio. De vez en cuando tropas de carretas gigantescas, inclinadas hacia la tierra, cruzan el horizonte como barcos perdidos.  Si hablo de la llanura es porque  sigue siendo para mí algo recuperado. Nací  y crecí en ella, me fui cuando empezaba a vivir, y ahora que he vuelto tengo necesidad de nombrarla. Mis compatriotas jamás consideran este lugar,  simplemente viven en él".

"La llanura nocturna es como un mar inmóvil.  La noche se hace dueña del mundo y hay veces que uno tiene que susurrar, decir algo. La llanura se traga todo. Entonces uno susurra, como para comprobar que vive".



"A la tarde, alcé la pipa y el tabaco y dejé la casa. Caminé metiéndome en la llanura donde lo que manda es la comba del cielo, que lo aplasta a uno. Arriba, el cielo de un azul purísimo; abajo, la llanura como un círculo plano. Mi perro Ayax es mi único testigo. El viento barre la tierra seca. Una bandada de biguás corta el aire en lo alto".


"Ahora puedo asegurar que la carta, el hombre que apareció y desapareció en la llanura y lo que acabo de relatar comienzan, para ellos, a pasar insensiblemente al olvido. Aquí, en Lobos, la monotonía de los días es como un río poderoso y lento que desgasta los hechos hasta reducirlos a una piedra pulida, más tarde a un grano de arena, después a nada".



"De donde nosotros veníamos no había tiempo, no se sabía cómo había transcurrido porque la vida parecía volver siempre a la tierra sin dejar huella. Había que atar los hechos a la llanura para que no se volaran".


(Y agrego yo: la llanura de John William Guevara es la del S. XIX.
Hace mucho que ya no hay que atar los hechos a la llanura para que no se vuelen. Los hechos: la pampa alambrada, el tren que apareció, cruzó el S. XX y desapareció, pueblos y ciudades, cereales y ganado, soja e inundaciones, todos sobre ese círculo plano, quieto,  bajo la comba altísima del cielo arriba).

domingo

Memoria de los trabajadores de la Biblioteca del Congreso desaparecidos por la dictadura

Reproducimos y acompañamos el comunicado de Barrios x la Memoria


Ayer,  junto a familiares y trabajadores del Congreso de la Nación, construimos las baldosas por la memoria que serán colocadas el próximo 13 de Septiembre, Día del Bibliotecario, frente a la puerta principal de la Biblioteca del Congreso, Alsina 1835, en la ciudad de Buenos Aires.

En esa biblioteca trabajaron los bibliotecarios y empleados BEATRIZ ARANGO, MARÍA VIRGINIA BRIZUELA, ANA MARÍA TOSSETTI Y JOSÉ AGUSTÍN POTENZA, desaparecidos y asesinados por el terrorismo de Estado. Presentes ahora y siempre.

Gracias a los familiares presentes, a los trabajadores de la Biblioteca, algunos jóvenes y otros que compartieron sus días con los desaparecidos, porque todos, cuchara de albañil en mano, pusieron sus recuerdos y entusiasmo sumados a trabajadores de otros sectores del Congreso. 
Gracias a Elena Ferreyra y compañeros de la Secretaria de DDHH de APL- Asociación del Personal Legislativo,  por impulsar este nuevo proyecto. Agradecemos a la comunera María Suárez y vecinos que participaron.

30000 Detenidos Desaparecidos ¡¡Presentes!!

URGENTE APARICIÓN CON VIDA DE SANTIAGO MALDONADO

BARRIOS X MEMORIA Y JUSTICIA BALVANERA
Baldosas x la Memoria
Grupo Autónomo-Horizontal-Plural.Autofinanciado
memoriayjusticiabalvanera@gmail.com













TRARA. Un hecho de semiología gauchesca

Cuenta Ricardo Piglia en Respiración artificial (1980) que el hecho semiológico ocurrió en la pulpería La Colorada, a unos setenta kilómetros de Paraná, la capital de Entre Ríos: 


Una tarde varios gauchos en la pulpería conversan sobre temas de escritura y fonética. El santiagueño Albarracín no sabe leer ni escribir, pero supone que Cabrera ignora su analfabetismo; afirma que la palabra trara no puede escribirse. Crisanto Cabrera, también analfabeto, sostiene que todo lo que se habla puede ser escrito.
—Pago la copa para todos —le dice el santiagueño— si escribe trara.
—Se la juego —contesta Cabrera; saca el cuchillo y con la punta traza unos garabatos en el piso de tierra.
De atrás se asoma el viejo Álvarez, mira el suelo y sentencia:
—Clarito, trara.

Pero el debate y desafío  ya había sido incluido por Borges y Bioy Casares en una antología de cuentos breves y extraordinarios, citando el libro  "Cincuenta años en Gorchs. Medio siglo en campos de Buenos Aires" (Olavarría, 1911), cuyo autor sería un tal Luis L. Antuñano, de cuya existencia podemos dudar dada la inclinación de Borges y Bioy Casares por las citas apócrifas, tanto como de la aparición del tal Antuñano por los campos de Entre Ríos. 
De lo que no se puede dudar es del gracioso desafío a la semiología, a la escritura, al signo y al símbolo,  para quienes los descifran a diario. 





sábado

La parada de Braian

Braian  para en el  cajero de un banco en la zona de Rivadavia y Av. La Plata.  Es casi mediodía y está acostado a la entrada del cajero, bien despierto, dispuesto a saludar y a charlar si se presta la ocasión, atento a quienes entran y salen de la habitación de las máquinas mágicas llenas de plata. Se tapa con un acolchado de color celeste, viejo y sucio, y cuando me detengo frente a él se lo sube más todavía, con un cuidado pudoroso.  

Ahí para. Así llaman los despojados de todo a asentarse en un lugar,  una ubicación exclusiva en la ciudad enorme, un remedo de casa y de propiedad, un lugar para indicar adónde se lo puede encontrar.  ¿A quién o a quiénes les importaría saber de él, me pregunto, buscarlo y encontrarlo en este cajero? Braian parece de unos veinticinco años, tiene el pelo corto y una expresión entusiasta, y le faltan los dientes de adelante.

Me quedo charlando con él.  A mi  pregunta responde que está en la calle desde marzo, que vivió un año y medio en un hogar del Gobierno de la Ciudad pero que lo echaron porque estaban bardeando  con no consumir, dice, cada vez bardeaban más con eso, que el faso se deja pasar pero que la cocaína no. ¿Y qué pasó?  Me perdonaron una, dos, tres veces, pero murió mi viejo, me puse mal, le di a la coca, fui preso, y ahí me echaron.

Eso me cuenta Braian.

Y ahora cómo lo llevás, le vuelvo a preguntar porque él me habilita, habla sin tapujos, es simpático y conversador.  Me estoy aguantando, hace dos meses que no consumo nada, dice, anoche vinieron unos pibes amigos y me ofrecieron, pero no quise…y chifla, ffffuuu, difícil, eh…

Hace un alto, parece reconsiderar lo que está contando. Pero yo ya me voy a ir de la calle, el gobierno me va a dar un subsidio y voy a poder alquilar, asegura, y cuando lo dice la voz le cambia, la creencia en ese subsidio se la vuelve cálida, esperanzada, y lo precisa: de 6800 pesos. Yo, que no he escuchado nada de otorgamiento de subsidios para gente de la calle, me callo la boca muy desconfiada de que ese buen suceso, suceda.  Braian fue a preguntar ayer al banco donde supuestamente se tramitaría pero no había nada todavía.  Y sigue: en cuanto alquile, busco trabajo.
Ah, lo acompaño yo en su alentadora perspectiva, ¿y qué sabés hacer?, y él enumera: fui bachero,  sé cortar fiambres, lavé autos, atendí el kiosko de mi abuela mucho tiempo.  ¿Y porqué no se quedó atendiéndolo? Porque su abuela es muy interesada, lo único que le importa es la plata, y a él eso no le va.

Así me aclaró Braian.

El cajero está muy concurrido a esta hora,  todo el tiempo entra y sale gente que pasa a nuestro lado. Sin decirle nada, una mujer le da a Braian diez pesos y él los acepta con toda cortesía. Pasa un cochecito de bebé, aparatoso como una nave espacial, y me corro para hacerle lugar. Un hombre que va a entrar después  del  cochecito observa con recelo la demorada conversación que estamos teniendo y me interpela con cierto fastidio: ¿pasa, señora?, como si tuviera que finalizarla y apurarme para entrar a la sala de las máquinas mágicas, pase usted, si quiere, le contesto.  

¿Y molesta la policía?, sigo con Braian, y entonces advierto la inusual manera de charlar que estamos teniendo: yo de pie, él acostado, arrebujado en su acolchado viejo, al borde de la ruidosa avenida, los dos manteniendo una larga conversación de lo más natural y fluida como si estuviéramos sentados a la mesa de  un bar.  A veces, dice, sobre todo los de la policía de la Ciudad, esos son unos pibes muy agrandados que te quieren llevar por delante. Y encima son más chicos que vos, calculo, tienen mi misma edad, corrige, tienen dieciocho años y se las quieren saber todas, desprecia, enojado.

Yo quisiera saber si todavía podría irse a la casa de algún familiar, o volver a la que antes habrá sido su casa,  la casa de dónde se haya ido al principio de todo, al principio de las adicciones, cuando todavía atendía el kiosko de la abuela o manejaba la cortadora de fiambre en un super de barrio, antes de que lo internaran en el hogar de donde fue expulsado.  Sí, me confirma, yo tengo la casa de mi madre, pero no quiero vivir ahí. Hace un silencio y agrega: me pegaba mucho de chico, me pegaba con todo lo que tuviera a mano. Ahora paso a saludarla de vez en cuando, y a ver a mis hermanas chicas, pero no me quiero quedar. Porque si ahora viera a mi vieja pegándole a mis hermanitas como a mí, sería capaz de cualquier cosa.

Así me explica Braian.







viernes

Elegía para un vecino bueno

Ramón ha muerto.  De improviso  la enfermedad, la leucemia, entró a su vida. Entró como una maleducada, empujando la puerta de la vida de Ramón sin pedir permiso, sin preguntar, y se aposentó en ella, se estableció, y en muy poco tiempo y sin importarle nada la saqueó, la vació, la borró.

Antes de que la enfermedad arrasara así con su vida Ramón había sido mi vecino muchos años. Todos los que fuimos sus vecinos sabemos de él, del hombre de pequeña contextura, morocho y de enorme sonrisa, alegre, resuelto para dar las incontables batallas de la vida cotidiana: la poca plata, las idas y vueltas de la vida en familia, los trabajos tan variados desde haber sido embarcado en los areneros del Paraná hasta limpiar vidrieras de negocios por Santa Fe  o musicalizar  las peñas adonde bailan las colectividades paraguayas viernes, sábado y  domingo.  Anduvo con su bicicleta por las avenidas de la ciudad todo lo que pudo, llevando su balde, su detergente  y su limpiavidrios, pedaleando entre los colectivos y los taxis hasta que hará unos tres o cuatro años uno lo chocó. Se repuso de ese impacto pero al poco tiempo tuvo un acv.  También se repuso de él, con paciencia, con kinesiología y con el abandono sufriente pero convencido del vino.  Volvió a las peñas y a la música, que era lo que más le gustaba, pero visto en retrospectiva pareciera que la muerte ya le andaba con ganas.

No le gustaba pelearse con nadie.  A él le gustaba acompañar, ayudar, saber del otro, preguntarle o escucharle o adivinarle si tenía un problema o una necesidad, y entonces ahí estaba. Y para acompañar y ayudar es necesario que el otro no sea un enemigo.  Una vez me contó del lejano y grave accidente de auto en su juventud del cual fue sobreviviente entre cinco amigos, que le había dejado marcas en el cuerpo y muchas pesadillas muchos años; otra vez, hablando de la época de la dictadura, me dijo de sus amigos del PC allá en su Concepción del Uruguay natal, que debieron huir y esconderse y de algunos que nunca volvieron de la noche negra de las desapariciones.

Pero a mí, que fui vecina suya mucho tiempo, lo que más me gustaba era  su matrimonio con Elena. Los dos se habían conocido de grandes en una de aquellas peñas que él musicalizaba, de vuelta de sus primeras o segundas rondas matrimoniales. Tenían hijos y nietos cada uno por su lado y a todos los compartían y querían y sufrían entre los dos.  Ramón cuidaba de Elena, enferma crónica y tan resuelta a ser feliz como él, la saludaba cada mañana cuando montaba en su bicicleta de trabajador limpiavidrios despidiéndose  con palabras de amor hasta pasado el mediodía, cuando volviera a comer. Entonces ella lo esperaba para almorzar juntos, la mesa tendida, la comida caliente y la risa en común.  Cuando era la mañana del cumpleaños de Elena yo oía que Ramón empuñaba la guitarra que lo había acompañado en los varios grupos de folklore que integró y le cantaba el feliz cumpleaños a viva voz, con una profunda sonoridad de tenor que no era posible imaginar en su cuerpo pequeño, y la risa de los dos quedaba repiqueteando largo rato después de los rasguidos del “que los cumplas feliz…”.

Me ha contado Elena que lo internaron inconsciente y que no recuperó la conciencia y se fue sin saber que se iba. Ella le habló al oído estando en la terapia intensiva, suave,  con la voz que él amaba, y Elena jura que inconsciente y todo él la escuchó e intentó responderle, decirle algo, que movió los labios para  hacerle saber que la oía. Elena dice que ahora duerme mal en la cama demasiado grande y solitaria, que se despierta con frío, que se quiere ir de donde vive  aunque no sepa adónde ni a hacer qué.


Ramón, buen vecino mío, adonde estés te deseo que haya una guitarra y un vino sin interdicciones, y peñas sin fin adonde vuelvas a encontrarte con Elena por primera vez,  y una bicicleta para salir a pasear con ella no por las avenidas atestadas de la ciudad sino por  la costa del mar que a los dos tanto les gustaba.


sábado

Los lomos de los libros, campo de batalla y obra de arte

Los editores se dividen en dos bandos irreconciliables: los que creen que el rótulo
en los lomos de los libros deben poder leerse de abajo hacia arriba y los que opinan lo contrario. Pero además hay quienes convierten ese espacio en obras de arte y hasta quienes los transforman en poesía.

Por Cristian Vázquez - Letras libres


1
Alguien se para ante un estante con libros y, para poder leer con claridad el nombre del autor y el título en el lomo del primer volumen, inclina un poco la cabeza hacia un lado. Luego la vista pasa al siguiente libro, y luego al siguiente y al siguiente. En algún momento, en el segundo libro, o en el quinto o en el décimo, inevitablemente, tendrá que mover la cabeza, inclinarla en el ángulo contrario. Y después volver a la inclinación primera. Y, más tarde, volver a cambiar. Así, la persona que quiere conocer el contenido de una biblioteca se descubre a sí misma moviendo la cabeza como los perros cuando quieren escuchar mejor.
Entonces uno se pregunta: ¿cómo es posible que los editores no hayan acordado hasta ahora un sentido en el cual escribir los lomos de todos los libros? La respuesta la da Mario Muchnik, mítico editor argentino radicado desde hace décadas en Madrid, en su libro Oficio editor, de 2011:
“Dos escuelas rivalizan en cuanto a este elemento esencial del libro [el lomo]. Por un lado están quienes sostienen a muerte la idea de que el rótulo del lomo de los libros ha de ser puesto de manera que se lea de abajo hacia arriba. Por el otro, quienes sostienen a muerte lo contrario: de arriba hacia abajo. Conozco amistades que se han roto a causa de este diferendo insubsanable”.

2
La tradición de escribir en los lomos de manera tal que se lean de abajo hacia arriba corresponde a lo que se llama la escuela francesa o latina. El fundamento es el siguiente: los distintos tomos de una obra o colección deben colocarse en el estante de forma correlativa y de izquierda a derecha, que es el modo en que leemos. Solo con lomos que se leen de abajo arriba sus textos quedarán en orden uno debajo del otro, como si fueran los renglones de una página.
La corriente opuesta es la anglosajona. Señala que si los libros se apoyan en cualquier superficie con la portada hacia arriba, los lomos a la francesa quedan al revés. Para que eso no suceda, deben poder leerse de abajo hacia arriba —aducen estos editores—, para que se lean bien cuando más cerca de los lectores se encuentran: apoyados sobre una mesa a la espera de que se retome la lectura, expuestos en los escaparates de las librerías, cuando se trabaja con ellos durante semanas…
“Que cada editor haga como quiera —pide Muchnik—, pero que sea coherente y no vaya cambiando de un libro a otro”.

3
El diseñador inglés Joseba Attard, que lleva varios años trabajando en España, ratifica que los editores de la mayoría de los países europeos adscriben a “la escuela francesa”, mientras que los de Gran Bretaña y Estados Unidos toman partido por la contraria.  Dice haber hecho un pequeño experimento: analizar su postura al tener que inclinarse para leer lomos de ambos tipos. Concluyó que tuvo que inclinarse menos para leer los lomos anglosajones, por lo cual siente que esta es la posición “más natural”.
Sin embargo, a otros blogueros les parece “más natural” inclinar la cabeza hacia la izquierda, que es lo que hay que hacer para leer los lomos latinos. Yo comparto esta misma sensación. Y seguramente no hay nada de “natural” en ello, sino puros usos y costumbres.
Por curiosidad, decidí echar un vistazo para ver qué opción predomina en mi biblioteca. Tomé como muestra uno de los cuatro muebles que la componen. Tras excluir la minoría de volúmenes gordos en los que el título y el nombre del autor aparecen en posición horizontal, el resultado es muy parejo: los de lomo latino constituyen el 53% del total y los anglosajones el 47% restante. Eso sí: tengo unos veinte libros en inglés y todos respetan esta última tradición, la que obliga a inclinar la cabeza hacia la derecha para leer sus lomos de arriba abajo.

4
Además de ser un campo de batalla para los editores, los lomos de los libros, con un poco de creatividad, se pueden convertir en auténticas obras de arte. De eso se encarga, por ejemplo, la empresa Juniper Books, que diseña sobrecubiertas de manera tal que el lomo de cada volumen es pieza de un rompecabezas que adorna toda la biblioteca. Así, la colección de los libros de Jack Londonconforma con sus lomos un cuadro con el rostro de Jack London acompañado de muchos de sus personajes.

librosjacklondon


Y también se puede jugar con los lomos de los libros como lo viene haciendo Nina Katchadourian desde 1993, con su proyecto Sorted Books: construye poemas con los títulos en los lomos de los libros, algo así como una vuelta de tuerca a la clásica consigna del cadáver exquisito. “Lomopoesía” lo llamó en su blog la española Elena Rius. Hice un intento con libros de mi biblioteca y me salió esto:

lomopoesia

A ver quién se anima a construir también su propio lomopoema. Por supuesto, les pasará como a mí, que tuve que colocar algunos libros boca arriba, pues seguían la tradición anglosajona, y otros boca abajo, dado que respetaban la costumbre latina. En este caso, fueron mayoría los primeros: siete de los diez que usé —editados por Seix Barral, Debolsillo, Alpha Decay, Muerde Muertos, Sudamericana, Alfaguara y Emecé— formaron parte de ese grupo. Solo tres —Plaza & Janés, Almagesto y otra vez Alfaguara (“que sea coherente y no vaya cambiando de un libro a otro”)— lo hicieron a la francesa.
Hay una posibilidad más: hacer como Alberto Laiseca y forrar todos los libros con papel blanco. Además de dificultar los robos, como quería el autor de Beber en rojo, la técnica quizás evite dolores de cuello.

Boxeo antipatriarcal

Subirse al ring de un club de boxeo antipatriarcal

Una cronista visitó este lugar donde la consigna es darle pelea (literalmente) a la categoría de macho
PARA LA NACION
SÁBADO 25 DE MARZO DE 2017
105Foto: Mariana Pardo
En un barrio ensiestado, de quioscos y almacenes cerrados, un par de decenas de personas comienza a dar fe de aquello que asegura que las cosas más interesantes ocurren en los barrios comunes, sin anuncios en Facebook ni hashtags en Twitter. Son las 6 de la tarde, el sol brilla y el galpón, como las cuadras a su alrededor, aparenta estar en plena calma. Nada parece estar pasando detrás del portón de chapa negra. Pero no es cierto. A pocas cuadras de un territorio indiscutiblemente masculino de Capital Federal, repleto de talleres y fábricas, una organización llamada Skinheads Antifascistas convocó a una mélange insólita que puede resumirse en dos palabras: boxeo antipatriarcal. Desde un Fight Club propio cuestionan los valores, la estética y la actitud sobre los cuales se construyen los machos héroes del boxeo. Y respaldan su visión con marcos teóricos audaces y rupturistas. No se trata sólo de hombre o mujer, violencia o paz. Cuando el anarqueersmo se sube al ring, casi no hay idea que no reciba una buena paliza.
En la entrada de este particular Club de la Pelea, un cartel da la bienvenida a inmigrantes y refugiados. "Ninguna persona es ilegal", asegura. Las reglas de convivencia quedan establecidas a pocos pasos de aquel portón negro: acá no se permite el machismo, la misoginia, la transmisoginia ni la homofobia. Tampoco se admite la crueldad animal. En el buffet los productos son veganos y la promo que nutre a los peleadores es de hamburguesas de lentejas o garbanzos y jugos. Como un enorme garaje, el club es de cemento rústico pintado, está sudado y no tiene ventanas. Su planta baja se divide en dos. En el segundo cuerpo hay un escenario y un ring. Ahí apenas se ve el revoque. Las paredes están cubiertas por arte queer: ilustraciones inspiradas en Disney, firmadas por un tal Ninja Rojo, mezclan un trazo fantasioso con frases y evocaciones a la cultura "popno" (pop y porno). Pronto, en este suelo habrá sudor y purpurina en las mismas proporciones.
Como en cualquier club de boxeo hay peleadores grandes, fuertes, toscos, con imágenes de la Virgen y el Gauchito Gil tatuadas en sus torsos, y orgullo por los modales simples y rudos. Pero a diferencia de cualquier otro club, acá esos hombres comparten espacio e incluso entrenan a militantes veganos, a feministas con pelos de colores, a chicas trans y drags que con el mismo orgullo se abren paso entre tipos que bien podrían no tener espejos en sus casas. Sobre el ring no sólo se intercambian secretos estratégicos, también expanden cosmovisiones. En este mejunje de cerámicas y pestañas postizas, que forma una de las nuevas células más modernas que existen en esta ciudad, aquello de "la imaginación al poder" se vuelve real. ¿Es un búnker político? ¿Apolítico? ¿Estético? ¿Un juego? ¿Un gimnasio o un centro cultural? Las nuevas configuraciones culturales ya no podrán ser encasilladas en las viejas categorías. Su apariencia mucho menos. En este espacio no se reniega de lo bello ni de lo feo, de lo académico ni de lo visceral. El cocoliche que se crea da como resultado una atmósfera explosiva de la que surgen fusiones inesperadas.






Antes de las piñas,antesde que las drags tomen el ring para boxear "Dirty" de Christina Aguilera, antes de que una de ellas se convierta en la presentadora que anuncia los rounds, en el salón previo al del ring se entrenan ideas. Como una suerte de feria punk, en mesas de madera se exhiben cientos de fanzines que evocan la estética y la filosofía "Do it yourself". Este "Do it yourself", sin embargo, no es el mismo que aquel que todos conocemos. Va más allá de gestionar fiestas, más allá de grabar la música propia y de pegar tachas en un jeans. Va más allá de los fanzines hechos con fotocopias y abrochadoras. "Hacelo vos mismo" en la era del tutorial web ya no alcanza. La consigna hoy es más desafiante: "Hacete vos mismo". Lo que hoy representa el tipo de rebeldía capaz de asustar a cualquier padre no tiene nada que ver con alfileres de ganchos ni crestas. Hoy el "Do it yourself" se propone arremeter de frente no sólo contra las categorías de clase social y la moral heredadas, sino también contra algo contra lo que las generaciones anteriores nunca se animaron: el género.
No importa qué tan alternativo sea el contexto, es en esta voluntad de cuestionar al macho desde las entrañas de un club de pelea en donde se encuentra la verdadera alternatividad y novedad de la movida. Pero no es sólo al macho al que se lo cuestiona, es a la distinción entre sexos, a los formatos de relaciones establecidas y a la obligación de definirnos a través de lo que hacemos con lo que tenemos entre las piernas. "Hombre es una mala palabra, por qué definir es crear una prisión", "Sobre intersexualidad: textos sobre silencio, ocultación y amputación de cuerpos intersexuales", "Hacia un transfeminismo insurreccional" son sólo algunos de los títulos que se pueden comprar a precio a voluntad. La mayoría de los textos provienen de una "distribuidora insurreccionalista" llamada peligrosidad social que se encarga de la difusión de artículos agrupados por temas: liberación animal, salud, okupación, drogas, revisiones históricas y, en especial, lucha queer y feminista. Los discursos salen de claustros universitarios y organizaciones militantes, y son definidos como "Foucault para encapuchados". Los interesados en difundir las ideas que ellos agrupan pueden compartirlas en redes sociales claro, pero también pueden descargarlos y venderlos con una única condición: que lo recaudado se destine a proyectos afines.
En la "pista" suena Bob Marley, suena The Clash y Ru Paul. La música sólo se interrumpe cuando los profesores suben a pelearse. Mondula Méndez, 1.95, en tacos, se contorsiona con un cartel que indica el número de round. Sus brazos son casi más gruesos que los de los peleadores porque también entrena. Junto a ella, drags llamadas Ana Abierta, Dixit Letit y Sónica Valentín arman un juego: "Maltrato al macho".
Cuando la pelea sobre el ring finaliza y Lady Gaga explota en los parlantes, ellas buscan hombres heterosexuales para encapuchar y atarlos con correa. Los pasean por la pista entre aplausos y ovaciones. Son muchos los que se ofrecen para ser "maltratados". Todos terminan en un trencito que finaliza cuando Dixit y Sónica toman el ring para pelearse coreográficamente. Se arrastran, se arrodillan, gatean.
Para cuando terminan, el galpón es una fiesta. El barrio nunca se enteró.

viernes

Cuentos de bibliotecarios e imagen social








En el boletín electrónico  de ABGRA Nº 4, último del año 2016, fue publicado el artículo que escribimos con María Claudia Antognoli sobre la presentación que hicimos en octubre pasado de los Cuentos de bibliotecarios en la Feria del Libro de Mar del Plata.
Cuentos y algo más: ¿cómo nos ven a los bibliotecarios? ¿qué imagen tenemos? ¿quiénes producen la imagen social de la profesión? Estas y otras preguntas y tentativas de respuestas en el artículo. Y los cuentos al final. 






miércoles

Mi cuento "Babelita" publicado



Mi cuento "Babelita" ha sido publicado en plaquettes por #lamariposaylaiguana, junto con otros de Leticia Hernando y de Soledad Gómez Novaro.
"Babelita" está escrito alrededor, sobre o detrás de la celebérrima Biblioteca de Babel, de Borges. Si los filósofos, los matemáticos y los historiadores han escrito sobre la Babel, ¿por qué no lo haría yo, con mis ojos de bibliotecaria?
Ya avisaremos cuándo y dónde hallarla/s.                                                                 
























martes

Observación en estado de calor

En el día de calor insoportable estoy parada en la esquina esperando el cambio de luz  y he visto distraídamente a la mujer que enfrente también espera.  Algo nebuloso me ha llamado la atención antes, tal vez que camina muy enérgica para la pesada jornada o que lleva puesta una camisa demasiado gruesa para el día bochornoso, o que ella también me ha observado…Cuando la luz cambia la mujer se apura a cruzar, se para enfrente de mí  y me pregunta sin más:
̶  ¿Cómo hace usted para no sudar?
¿Eh?  ¿Me pregunta que como haga para no sudar, no?  Sí, eso me preguntó. De la sorpresa me demoro en contestar,  estoy pensando cómo ha visto desde la vereda de enfrente que no estoy sudando  y por seguir la insólita encuesta  estoy por contestarle que recién he caminado una cuadra, que con un par de cuadras más me caerán las generales, pero ante mi silencio ella deduce:
̶  Porque es flaca, pero los que no somos flacos sudamos mal.
Pero la mujer no es gorda, para nada, observo, y no entiendo el plural que ha usado. Yo hablo ahora y para democratizar le digo que “los flacos” también sudamos.  Pero ella se retira sin más,  sigue su camino  enérgica y enojada contra la discriminación que haría el calor, y me deja mirándola desde la esquina donde la luz volvió a cambiar.